domingo, 17 de maio de 2009

Cultivar atitudes de empatia


Uma exclelente reflexão para o fim de semana. Um artigo de opinião de Miguel Ángel Santos Guerra. Um despertar para a urgência de cultivar no quotidiano atitudes de empatia, solidariedade, respeito e compaixão pelo próximo. Pequenos gestos podem fazer a diferença...


El chico de las los libros

Se habla mucho de la violencia en la escuela. Se cuentan casos de preocupante gravedad. La prensa se suele hacer eco, con desmedido sensacionalismo, de hechos que tienen que conducirnos a la reflexión y a la intervención eficaz. Abundan los libros sobre el conflicto en la escuela, sobre bulling, sobre acoso escolar. Pero se habla menos de los incontables casos de generosidad, de ayuda, de sincera amistad.

Algunas de nuestras más duraderas y profundas amistades se han fraguado en la escuela. A través de salvíficas rutinas, de prolongada convivencia, de actividades compartidas y de pequeños gestos de ayuda se han ido forjando relaciones hermosas y felices.

Un buen amigo (curiosa redundancia, ya que un amigo siempre es bueno ya que si no fuera bueno, no sería amigo) me envía este aleccionador relato. Lo contaré con mis palabras para no sobrepasar el espacio de que dispongo.

Un estudiante de secundaria ve a un compañero caminando de regreso hacia su casa. Se llamaba Kale. Iba cargado de una gran pila de libros.

- ¿Por qué se estará llevando a su casa todos los libros el viernes? Debe de ser un empollón, piensa su colega.

Él tenía planes para todo el fin de semana, así que se encogió de hombros y siguió caminando. Hasta que vio a un grupo de chicos corriendo detrás de su compañero. Lo alcanzaron, le tiraron los libros y le pusieron una zancadilla que acabó con él en el suelo. Las gafas salieron disparadas a un metro de distancia. El chico derribado miró hacia arriba y el compañero vio sus ojos llenos de tristeza, así que corrió hacia él, le devolvió las gafas, le recogió los libros y le ayudó a levantarse.

- Gracias, dijo con lágrimas en los ojos.

Le preguntó si se encontraba bien y se ofreció par acompañarlo hasta su casa. Mientras caminaban le invitó a compartir sus actividades de fin de semana, entre ellas un atractivo partido de fútbol.

El lunes se encontraron de nuevo en el Colegio. Kale llevaba toda su pila de libros. La amistad entre los dos jóvenes, a partir de aquel día, fue creciendo y fortaleciéndose. Cuando iban a terminar la Secundaria, Kale decidió ir a la Universidad de Georgetown para estudiar medicina y su amigo a la de Duke para cursar Administración. Siguieron siendo amigos a pesar de la distancia.

Llegó el día de la Graduación de Kale. Allí estaba su amigo. A Kale le correspondió pronunciar el discurso. Era una de esas personas que se había encontrado a sí mismas durante la Secundaria, había mejorado en todos los aspectos, se veía bien con sus gafas, tenía éxito con las chicas. Estaba nervioso por su discurso, por eso le dijo su amigo:

- Vas a estar genial. Estoy seguro.

- Gracias, dijo Kale.

Limpió su gafas y comenzó su discurso. Dijo que la Graduación era un buen momento para dar las gracias a todas aquellas personas que le había ayudado en los años difíciles: los padres, los profesores, los entrenadores y, sobre todo, los amigos. Contó entonces lo que sucedió aquel fin de semana en el que se encontró con su amigo. Había decidido suicidarse. Explicó cómo limpió su armario y por qué llevaba todos sus libros con él: para que su madre no tuviera que ir después a recogerlos a la escuela donde tanto había sufrido.

- Afortunadamente fui salvado, dijo. Mi amigo me libró de hacer algo irremediable.

Hasta aquí la historia. Me pregunto por la veracidad de estos relatos que circulan por la red o de boca en boca sin explicitar a veces la fuente, ni el momento, ni el lugar, ni siquiera los nombres de los protagonistas. Pero siempre me digo que lo importante es la reflexión que provocan y el estímulo que suscitan en los lectores o los escuchas.

La responsabilidad de cada persona, configurada a través de múltiples influencias y, en definitiva, por la propia libertad, nos hace adoptar hacia los demás una postura de empatía o de rechazo, de ayuda o de perjuicio, de amor o de odio. Cada uno va haciendo cristalizar en su corazón una actitud básica hacia el prójimo. ¿Cómo sería el mundo si todos y todas cultivásemos actitudes de solidaridad, de respeto y de compasión hacia el prójimo?

Ante el chico de los libros unos compañeros reaccionan burlándose, humillándolo y despreciándolo y otro le tiende la mano y le ofrece su ayuda y su amistad. ¿Cómo potenciar esas actitudes de respeto y de solidaridad? ¿Cómo desarrollar la empatía? Creo que la respuesta básica a estas cuestiones está en la educación. En la educación entendida no como mera transmisión de conocimientos sino como aprendizaje de los valores. Educación que no sólo tiene lugar en la escuela y en la familia sino que tiene como agentes a todos los miembros de la sociedad. El ejemplo es la forma más bella y más eficaz de enseñanza de los valores. Y también lo es el amor. “Quien ama educa”, reza el título de un libro que acaba de publicar la Editorial Aguilar y cuyo autor es un reconocido psiquiatra, asesor de familias y psicoterapeuta de adolescentes llamado Içami Tiba. El autor habla de un amor generoso, de un amor que enseña, de un amor que exige, de un amor que intercambia y de un amor que recibe.

Hay que subrayar, ante la actitud de quienes en nombre del amor sobreprotegen, la necesidad de mantener una consistencia normativa que despierte el sentido de la responsabilidad y que lleve al fortalecimiento de la voluntad, tantas veces olvidada. Me remito al interesante libro de José Antonio Marina, tan certeramente titulado “El misterio de la voluntad perdida”. Y a otro que acaba de publicar el mismo autor y que se titula “La recuperación de la autoridad”.

Hay gestos, nacidos de la empatía, que conllevan unas consecuencias de valor incalculable. No siempre se conocen en el momento de realizarse. Es probable que, en ocasiones, no se conozcan nunca. De cualquier manera, la persona que cultiva una actitud de empatía, actúa de forma generosa y desinteresada ayudando a los demás, sin exigir (sin esperar siquiera) una reacción compensatoria. El amor es gratuito.

In El Adarve, 16 de Maio, 2009

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