segunda-feira, 3 de novembro de 2008

(Des)igualdade de oportunidades e inclusão

Artigo semanal de Miguel Santos Guerra (1.11.2008)

Lo siento, Peter Pan

Un viaje de trabajo me llevó hace semanas a la maravillosa ciudad de Cartagena de Indias (Colombia). Y en ese incomparable escenario fui testigo de un hecho que quiero compartir con el lector. Era una tarde calurosa cargada de nubes. En la plaza de Simón Bolívar, al pide de la imponente estatua ecuestre del libertador, un grupo de chicos y chicas, ataviados con trajes regionales, bailaban descalzos al ritmo frenético de los tambores. Los danzantes se movían con una agilidad asombrosa. Las parejas de bailarines competían en ritmo y acrobacias. Al finalizar, el típico sombrero de la zona se convertía en plato petitorio. Muchos espectadores agradecían la belleza y el esfuerzo de los artistas con pequeñas donaciones.
Entre los danzantes se encontraba un niño con síndrome de Down que acaparaba la mayor parte de las miradas y de las sonrisas. No era un miembro del grupo, porque era bastante menor de edad, pero estaba integrado en él de forma perfecta. No sólo porque él participaba sino porque todos los bailarines le incluían de forma espontánea e ingeniosa. Todos, con una sonrisa, le convertían en su pareja cuando correspondía. Lo incorporaban a la danza general haciendo creativos movimientos de inclusión. El niño, también descalzo, se movía con garbo y fluidez. Llevaba el ritmo con naturalidad y perfección.
Era patente el cariño que todos le profesaban. Cuando la danza terminaba, entre número y número, bromeaban con él, lo abrazaban y se relacionaban con gestos afectuosos.
Pensé en lo hermoso y profundo de aquella experiencia espontánea. Probablemente la exclusión sea más artificial. Un fruto del aprendizaje de estereotipos y prejuicios. Aquel niño estaba feliz.
A nadie estorbaba. La inclusión era natural y perfecta. Todos se sentían bien con su participación y él sonreía feliz.Volvimos al día siguiente para ver el espectáculo. El niño estaba allí de nuevo y las escenas se repetían como parte del espectáculo. No había sido algo casual sino un modo de proceder cotidiano.
(...)
Un niño con síndrome de Down es capaz de aprender, de querer, de ser feliz. Como el niño de Cartagena de Indias. Es capaz de hacer muchas más cosas de las que algunos suponen. Tiene límites (todos los tenemos), pero no hay que acortarlos más de lo imprescindible. No vamos a engañarnos. No voy a decir que el hecho de tener el síndrome de Down es una suerte o una lotería. Pero tampoco digo que es una desgracia. Porque con ese síndrome puede aprender muchas cosas, puede ser feliz, puede amar y ser amado. Lo que importa es que no se avergüence, que no se sienta menos que los otros niños. Distinto sí, porque todos somos distintos. Pero no inferior. Lo que importa es que no tenga compasión de sí mismo sino el deseo de llegar hasta donde quiera y pueda.
Me han regalado un hermoso cuento de Lola Herrero (publicado en la Editorial Sarriá) que se titula “Lo siento, Peter Pan”. Trata de una niña con síndrome de Down llamada Alba que no se dejó arrastrar por las trampas ni por el desaliento. No se dejó envolver por la sobreprotección de su madre, Inés. Ayudada por su amiga Clara, se negó a seguir siendo siempre pequeña. Le dijo a Peter Pan que lo sentía mucho, que ella no se iba a quedar sin crecer.
Con estos niños y niñas todos podemos aprender muchas cosas, todos podemos aprender a esperar, a ayudar, a comprender, a querer y a respetar. La obsesión por la eficacia no sólo nos nubla la vista sino que nos envilece el corazón. El grupo de chicos danzantes de Cartagena de Indias fue para mí un hermoso y claro ejemplo de inclusión. Una magnífica lección viviente y musical.
(leitura integral)

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