sábado, 14 de junho de 2008

Vamos a(o) PISA e aos resultados escolares

Vamos ficar com mais um artigo do Miguel Santos Guerra. Uma exelente análise de alguns perigos e falácias resultantes das comparações dos resultados das prendizagens PISA. Comparar o incomparável sem ter em conta os contextos, os processos...
Hoje pode ler aqui o texto integral.

¿Viene “PISA” del verbo pisar? (14.6.2008)

Ante algunos efectos producidos por los resultados del Informe PISA (2006), se diría que el acróstico con el que se conoce el famoso informe de la OCDE sobre el aprendizaje de los escolares de quince años corresponde a la tercera persona del singular del presente de indicativo o al modo imperativo del verbo PISAR. Yo piso, tú pisas, él PISA… O bien: PISA tú… a quien esté debajo o a quien se pueda pisar.
La finalidad fundamental del Informe, sobre el papel, es: mejorar la calidad de la educación. ¿Para qué sirve, realmente? Pues muy sencillo (y ya sé que ésta es una simplificación abusiva): para que los que están arriba pisen a los que están en el medio y los que están en el medio a los que están debajo. Ocurre con los resultados del Informe lo que pasa con las grajillas de las que hablaba el etólogo Konrad Lorenz. La grajilla A pica a la B, a la C, a la D… y no puede ser picada por ninguna. La grajilla B puede picar a todas las que están por debajo y sólo ser picada por la A. Y así sucesivamente.
Por otra parte, los que están en la oposición pisan a quienes están en el Gobierno, los que están en el Gobierno pisan a las familias, las familias pisan al profesorado, los profesores pisan a los alumnos y los alumnos pisan a los profesores… Yo piso, tú pisas, él PISA…

En lugar de convertir el Informe en una oportunidad de reflexión y de impulso hacia la mejora, se utiliza como un arma arrojadiza contra quien interesa. El caso es convertirlo en una piedra. Basta repasar los titulares de prensa. Basta escuchar las declaraciones de los políticos y de muchos periodistas y de muchísimos ciudadanos para ver que se está desperdiciando una buena oportunidad para el análisis y la toma de decisiones. En el Informe español realizado por el MEC (2006) se dice que se trata de “un punto de partida”, pero muchos lo convierten en una conclusión irrevocable e indiscutible que tiene el fin en sí misma..
Ya se sabe que los datos, sometidos a tortura, acaban confesando lo que quiere quien los maneja. Y quien maneja los datos del Informe PISA puede sacar una conclusión catastrofista sobre el funcionamiento de un sistema que está a años luz del que tuvimos quienes nos formamos en él hace medio siglo. Quien maneja interesadamente los datos puede concluir que los profesores de hoy son un desastre o que la LOGSE abolió el esfuerzo de los escolares, o que la comprensividad es un disparate. Y así sucesivamente.
No quiero que estas líneas se entiendan como una descalificación del Informe sino como una llamada a la relativización, lo que permitirá comprenderlo y utilizarlo adecuadamente. Descalificarlo, cuando los resultados no son favorables, es una torpe e interesada disculpa para no reconocer las limitaciones y los errores. Claro que dice cosas, claro que enseña cosas, pero hay que contextualizarlas e interpretarlas adecuadamente.
Las simplificaciones son muy peligrosas. Además esas simplificaciones llegan al gran público a través de titulares escandalosos. “España es el furgón de cola de Europa y Andalucía el furgón de cola de España”, “Resultados catastróficos”, “Fracaso del sistema educativo español”, he leído a raíz del Informe de 2006.
No se puede comparar lo que es incomparable. Las condiciones, la historia, la configuración de los grupos, el nivel cultural de las familias, las expectativas… Hay que relativizar la comparación. El Informe no hace comparaciones agraviantes, pero induce a que se formulen de manera casi inevitable. No se puede poner a competir a quien tiene condiciones tan diferentes para la carrera. Un cojo, un lisiado, un obeso, un paralítico… O a quien tiene unos impedimentos que le dificultan el avance. Por ejemplo, alguien que tuviera una bola de hierro atada a un pie o una cadena amarrada a una estaca que le sujeta el tobillo. Pueden competir, claro está. Pueden compararse sus logros, pero nadie me negará que la comparación perjudica a unos y beneficia a otros.
La estandarización de las pruebas, encaminada a establecer una comparación, resulta peligrosa. Para hacer una buena comparación hay que tener en cuenta el origen, el punto de partida de cada país, de cada comunidad. Uno puede estar en el puesto número 10, pero si se olvida que ha avanzado treinta puestos, se comete una clamorosa injusticia. Y otro, que ahora es quinto, ha podido retroceder respecto a una edición anterior del Informe. El puesto es siempre relativo. Si compiten dos, el primero es penúltimo y el último es segundo. Los puestos son, pues, relativos.
Sólo se tienen en cuenta los resultados. Son importantes, cómo no. Pero una buena evaluación no puede olvidarse de los procesos que conducen a ellos Los resultados no pueden comprenderse sin los procesos. O, mejor dicho, no tienen el mismo significado que si se contemplan desde el análisis de los procesos que han conducido a ellos. Al no preocuparse de los procesos el Informe no ofrece suficientes explicaciones de por qué no se ha conseguido en alto grado o en grado suficiente al menos, aquello que se pretendía alcanzar.
La perversión de estas pruebas puede producirse cuando los Centros se pongan a trabajar para el Informe. Es decir, que lo más importante no sea la enseñanza y el aprendizaje que se realiza en las aula y en la escuela sino obtener un buen resultado en el Informe. Quedar bien ante la opinión pública. ¿Para qué un programa de educación para la convivencia? ¿Para qué un proyecto de coeducación? ¿Qué importancia tiene un plan de prevención del SIDA? Si todo ello no contribuye a tener mejores resultados, es tiempo perdido. Proceder de esta forma es colocar el carro antes que los bueyes. Conseguir un buen resultado se convierte en la meta absoluta.
Cuando existen deficiencias, lo peor que podemos hacer es echar la culpa a cualquier otro. Lo razonable es analizar qué puede hacer cada sector, qué puede hacer cada uno para mejorar la educación.

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