quarta-feira, 7 de novembro de 2007

A Violência começa em casa…



Volto ao tema do post anterior, procurando fazer a ponte com o problema da violência na escola. Não sendo este último um fenómeno novo, ele está a agudizar-se e até mesmo a generalizar-se, no ambiente das nossas escolas, e um pouco por quase todo o país, independentemente de as escolas se situarem ou não em zonas críticas a nível social (bairros sociais…), do interior ou do litoral, do norte ou do sul…

Reproduzo aqui um excerto da Conferência La violencia de los adolescentes como reflejo de la sociedad adulta, proferida pela Professora Maria José Díaz-Aguado, Catedrática de Psicologia Evolutiva e da Educação da Universidade Complutense - Madrid, durante o Congresso “Ser Alolescente, HOY”, Madrid, 2005.

Talvez possamos compreender melhor que a raiz do problema da violência não tem vulgarmente a sua origem na escola, embora nela incida com alguma regularidade e gravidade.
Convém não esquecer que a escola é uma espécie de laboratório de reprodução de clivagens sociais. Convém por isso que se vá lembrando e se vá pensando em ir tomando algumas medidas a nível macro para criar condições para prevenir a violência desde a adolescência. Já chega de "conversa fiada", discursos eloquentes, balofos de retórica. Mas guardamos esse debate para posteriores intervenções e fiquemos com a magistral lição de quem é conhecedor profundo desta problemática.


“MECANISMOS Y CONDICIONES DE REPRODUCCIÓN DE LA VIOLENCIA

(…)

LA REPRODUCCIÓN INTERGENERACIONAL A TRAVÉS DE
LOS MODELOS Y EXPECTATIVAS BÁSICOS APRENDIDOS EN LA FAMILIA

A partir de las relaciones que el niño establece desde el comienzo de su vida con las personas encargadas de su cuidado, construye los modelos en los que incluye tanto lo que se puede esperar de los demás como de uno mismo; modelos que desempeñan un decisivo papel en la regulación de su conducta y en su forma de responder al entorno.

Los modelos basados en la empatía y la solidaridad, la antítesis de la violencia, tienen su origen en relaciones seguras, con adultos que proporcionan apoyo afectivo de calidad, y manifiestan sensibilidad empática. La seguridad proporcionada desde estas primeras relaciones permite al niño desarrollar expectativas positivas de sí mismo y de los demás, que le ayudan a: aproximarse al mundo con confianza, afrontar las dificultades con eficacia, obtener la ayuda de los demás o proporcionársela. En algunos casos, sin embargo, el niño aprende que no puede esperar cuidado ni protección, desarrolla una visión negativa del mundo y se acostumbra a responder a él con retraimiento y violencia. Tendencias que reducen considerablemente su capacidad de adaptación a la adversidad, ante la que aprende a comportarse de tal manera que genera más adversidad. Problemas que suelen ir en aumento al obstaculizar el resto de las relaciones que se establecen. Y que suelen representar el comienzo de la reproducción de los problemas existentes en las personas encargadas de cuidarle.

La adolescencia es una etapa de gran relevancia para cuestionar los modelos y expectativas básicos a los que el individuo ha podido estar expuesto, debido a su capacidad de introspección y al creciente interés que en ella surge sobre uno/a mismo/a. Para favorecer la superación de los esquemas que conducen a la violencia conviene recordar que la transmisión intergeneracional de los modelos que conducen a la violencia no es inevitable. Los estudios realizados, en este sentido, encuentran que los adultos que fueron maltratados en su infancia que no reproducen el problema con sus hijos (el 70%) difieren de los que sí lo hacen (el 30%) por una serie de características que pueden, por tanto, ser desarrolladas para romper el ciclo de la violencia y prevenir así su transmisión: 1) el establecimiento de vínculos afectivos no violentos, que proporcionan experiencias positivas acerca de uno mismo y de los demás y contribuyan a desarrollar la confianza en uno mismo y en los demás; 2) la conceptualización de las experiencias de violencia sufridas como tales, reconociendo su inadecuación y expresando a otras personas las emociones que suscitaron (cuando, por el contrario, dichas experiencias se justifican conceptualizándolas como disciplina el riesgo de reproducirlas aumenta); 3) el compromiso explícito de no reproducir la violencia que se ha sufrido y 4) el desarrollo de habilidades que permitan afrontar el estrés con eficacia, resolver los conflictos sociales de forma no violenta y educar adecuadamente a los hijos. Por otra parte, el riesgo de la violencia familiar aumenta cuando el nivel de tensión y dificultad con el que se enfrenta la familia supera a su capacidad para afrontarlo de forma positiva así como cuando la familia se encuentra gravemente aislada del resto de la sociedad en la que se encuentra. De lo cual se deduce que la mejora de las condiciones de la vida familiar es una medida fundamental en la lucha contra la violencia doméstica.

Los estudios que hemos realizado con adolescentes (Díaz-Aguado y Martínez Arias, 2001) reflejan que un adecuado conocimiento de las pautas que se describen a continuación, sobre cómo se inicia y evoluciona la violencia de género en la pareja, puede contribuir a prevenirla, al alertar a las posibles víctimas sobre el riesgo que pueden implicar las primeras fases y favorecer la incorporación del rechazo a la violencia en la propia identidad, en una edad de especial relevancia, puesto que en ella comienzan a establecerse las primeras relaciones de pareja:

1) La violencia no tarda mucho en aparecer. En un principio la víctima cree que podrá controlarla. En esta primera fase la violencia suele ser de menor frecuencia y gravedad que en fases posteriores. A veces comienza como abuso emocional: coaccionando para llevar a cabo acciones que no se desean, obligando a romper todos los vínculos que la víctima tenía antes de iniciar la relación (con amigas, trabajo, incluso con la propia familia de origen...) y lesionando gravemente su autoestima cuando no se conforma al más mínimo deseo del abusador. La víctima responde intentando acomodarse a dichos deseos para evitar las agresiones, que suelen hacerse cada vez más graves y frecuentes, pasando, por ejemplo, a incluir también agresiones físicas.

2) Suele existir un fuerte vínculo afectivo. La mayor parte de los agresores combinan la conducta violenta con otro tipo de comportamientos a través de los cuales convencen a la víctima de que la violencia no va a repetirse; alternando dos estilos opuestos de comportamiento, como si fuera dos personas diferentes. En algunas investigaciones se compara esta mezcla de personalidades con la del personaje literario Jekill y Mr. Hide, mencionando que la víctima se enamora del segundo creyendo que va a lograr que desaparezca el primero. En estas primeras fases, una de las principales razones para que la víctima permanezca con el agresor es la existencia del vínculo afectivo junto a la ilusión de creer que la violencia no se va a repetir.

3) Cuando el vínculo afectivo no es suficiente surgen las amenazas. En las fases más avanzadas, el agresor amenaza a la víctima con agresiones muy graves si llega a abandonarle, amenazas que pueden hacer temer, incluso, sobre la seguridad de los hijos o de otros familiares.”

(…)

In Livro de Actas do Congresso “Ser Adolescente, HOY”, pág. 60-61.

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